Entrada de registro número 9.
Categoría: jugando a la Parca.
Arrastré mi cuerpo intentando fundirme sin éxito con el suelo, con aquella superficie sólida cubierta de un líquido pegajoso, un líquido rojo, sangre. Primero movía el brazo derecho, luego el izquierdo, luego una pierna, la otra, y así repetidamente intentando evitar ningún contacto. En mi recorrido de serpiente cayó una gota de color verde oscuro de repente a escasos metros de mí, una gota esférica, perfecta, sólida, rígida. Rápidamente me pegué a unos restos de un muro que había caído pero aquella persona que tenía a mi vista no lo logró, ni si quiera logró ver su caída, ni su impacto, ni su muerte. En segundos aquella granada separó el brazo de su cuerpo, aquella fuente de sangre se incorporaba ahora a la masacre. Un grito desapareció entre los disparos ensordecedores del ambiente. Nadie le miró, ni siquiera su compañero próximo a él que tan solo notó varios clastos azotando su cuerpo.
Me acerqué a aquel cuerpo inherte, temeroso, con miedo, como un cobarde, como un niño por la noche cuando no puede dormir. Agarré su fusil temblando, mis manos chorreaban, mi frente estaba llena de sudor que ayudaba a que el polvo se adhiriera a mi rostro. Un grito se coló en mi mente introduciéndose por mi oído derecho, una orden de avanzar. Como un robot cuando recibe una orden, cuando un niño al que le mandan hacer unos deberes, como un esclavo al que mandan a la horca hice caso aun desconociendo qué hacía. Levanté mi rostro por un momento encima de los sacos repletos de arena que cubrían parte de mi cuerpo. Levanté aquella mano de la muerte más ligera que la anterior que poseí y dirigí sus ojos a los míos para apuntar. Retiré mi mano del gatillo a mi pantalón intentando eliminar aquel sudor frío, humano que estaba presente últimamente siempre en mí. Devolví mi mano al gatillo apoyando la parte trasera del fusil en mi pecho. Apreté el gatillo pero no salieron puntas doradas, se escuchó el sonido de un engranaje o algo similar. Mientras observaba aquello veía como algunos saltaban y avanzaban a gritos de guerra, como otros perecían en el intento, como cuerpos mutilados se arrastraban por el suelo, suplicando una clemencia inexistente. La palabra muerte pinchaba mis oídos, penetrando como un frío tempano. Ignorando lo que le sucedió a mi arma imité a mis.. imité a mis, a aquello que más odiaba, imité a mis compañeros asesinos, imité a ladrones de vidas. Otro grito se escuchó entre el barullo, alto mandaban. Todos aquellos exterminadores comenzaron a dividirse en grupos, unos subían escaleras arribas el muro, otros saqueaban los a los demonios enemigos, otros buscaban supervivientes...
Por mi parte decidí evadir aquello e intenté dirigirme a la torre. En poco tiempo me encontraba frente a aquel muro que cubría una escalera de caracol eterna, cerrojos infinitos, presos desnutridos, esqueletos vivos. Tres personas me pararon y una chica se dirigió hacia mí.
-Tú no has venido con ninguno de nosotros, ¿quién eres?- Me miraba interrogando todos mis movimientos, helándome, paralizando mis ojos, mis sentidos.
-Escapé de las mazmorras- Dije en un tono muy bajo, no podía hablar, aquellas situaciones me habían petrificado el alma dejándome inexistente, agotado, cansado, prácticamente muerto.
-Vendrás con nosotros entonces, tenemos que bajar a las mazmorras a rescatar a todo el que podamos, ¿puedes correr?-
Asentí y caminamos los cuatro hacia una de las puertas al laberinto. Me entregaron varios cargadores mientras hablaban entre ellos. Intenté colocar uno de los primeros que me dieron pero se me caían constantemente de las manos, resbalaban por mis dedos extenuados, ensangrentados. Agarré un jirón de mi camiseta ya de por sí rota y lo até al cargador logrando así sujetarlo mejor.
Se colocaron a ambos lados de la puerta mientras el otro permanecía agachado, apuntando fríamente, como si pudiera ver el interior de aquel acceso al submundo. La chica del grupo levantó un dedo, luego otro y, momentos antes de levantar el tercero...
Una explosión del interior de la torre expulsó su estallido hacia el exterior, un montón de gases negros acompañaban aquel baile de explosiones. El humo fue transformándose en blanco, varios gritos acompañados de puntas doradas salieron de aquella torre. Un filo dentado atravesó el pecho de una de las tres personas. De nuevo, otra explosión, esta vez de una granada, de un cohete artificial de la parca. Me tumbé en el suelo tapándome los oídos, silenciando como podía mi entorno. Los gritos pusieron fin a la fugaz paz anterior. Entre aquella desorientación aproveché el humo del color de la nieve para introducirme como pude en aquel largo caracol dirigiéndome directamente hacia abajo, ignorando lo demás. Peldaño a peldaño trazaba ahora mi destino, yo mismo realizaba mis acciones o alguien controlaba mi interior. Divisé los restos de madera de la puerta que hace tiempo derribé extrañamente. Pegué mi cuerpo a la pared.
Contuve la respiración y crucé aquel umbral oscuro. Una antorcha en el suelo iluminaba vagamente aquel pasillo, aquella entrada al lago del barquero. Me acerqué a aquel palo de madera ardiente y lo agarré por la parte de abajo. Me acerqué a la celda más próxima iluminando tenuemente su interior. Un cuerpo maniatado soportaba la pena del lugar, el peso del dolor, su largo pelo cubría su rostro. Retiré la antorcha inmediatamente de aquel lugar. Una voz se pegó a las rejas. Sácame de aquí emitían sus labios, ayúdame, ayúdame, te lo suplico.
Un fuerte golpe noqueó mi cuerpo arrojándome al suelo. Miré su rostro, aquellos ojos rojos insaciables de sangre y dolor, aquel maldito guardia infernal. Apuntó hacia mi pecho a la vez que una patada sacudía mi estómago. Una bala atravesó mi pecho, infectando mi alma, desintoxicando mi cuerpo. Salvándome de este sufrimiento, de este padecimiento, de cementerios sin final, de muertes victoriosas, de lluvias explosivas.
Una nueva patada golpeaba mi pecho ahora haciéndome escupir algo de sangre. Mi mente perdía su color, mi corazón perdía su repetición cuando unas manos débiles, frágiles y frías se apoderaban ahora del cuello de mi ejecutor. Estiré mi brazo, buscando por el suelo el arma, aquella mano de la muerte, aquella mano de ángeles caídos y logré encontrarla por el reflejo del fuego. La agarré por la empuñadura, posé mi dedo en el gatillo con las pocas fuerzas que mi corazón me proporcionaba y una lluvia de balas logró salvarme la vida a cambio de la suya. Me levanté apoyándome en la pared. Pasé mi brazo por mi boca, retirando el sabor asqueroso a sangre infectada que provenía de mi interior. Caí al suelo por el mareo. Pasé mi mano por mi cabeza retirando el sudor y registré aquel cuerpo helado e inerte que yacía en el suelo como la tierra mojada. Encontré una gran llave oxidada y algo deformada como mis sentimientos y mi estado. Me puse de rodillas como pude y liberé aquella luz de entre las rejas.
Cerré los ojos un momento, necesitaba...descansar...
Necesitaba...dormir....
Morir.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario