Entrada de registro número 3.
Categoría: Ruidos mudos.
Ella cerró los ojos y se quedó abrazada a él, poco podía hacer yo en esos momentos para animarla. Me levanté de su lado. Di varios pasos hacia el frente descendiendo un pequeño desnivel. Una niebla negra cubría el ambiente y era muy difícil ver a unos metros. La niebla se movía de un lado a otro facilitándome o dificultándome el camino hacia donde quisiera que fuese. Poco veía más que el suelo, cenizas y algún escombro. El suelo estaba completamente negro, frío y muerto, el lugar perfecto para los huesos. Las cenizas cubrían todo cuanto veía, árboles ardiendo, rocas, hierba, tierra, mi rostro...
Ahora divisaba a escasos metros lo que parecía haber sido una casa, pero la negrura y la devastación se habían filtrado en sus muros. Me acerqué hasta lo que pareció ser una antigua puerta, ahora ya destrozada e invisible. Di mi primer paso sobre aquel suelo de madera que chirrió brevemente. Entré en aquel lugar siniestro, cubierto de negro. Cada paso o cada simple movimiento, incluso una exhalación se notaban en aquel ambiente grotesco.Unos peldaños demolidos parecían indicar la antigua existencia de un piso superior al que me encontraba. Me acerqué sin terminar de ver aquel entorno, me atraía más la oscuridad de ahí arriba.
Llegué a los pies de la escalera y posé mi pie derecho en el primer escalón, no sucedió nada. Retiré una piedra que molestaba en el tercer escalón pues el segundo ni siquiera existía ya. Seguí subiendo con cuidado, retirando vigas de madera quemadas y escombros de piedra hasta llegar arriba. Una única ventana alumbraba tenuemente aquella ruina. Retiré mi flequillo de mis ojos para poder ver un poco mejor en aquella oscuridad.
Me dirigí directamente a la ventana sin observar nada cuando comenzaron a pitarme los oídos. Un grito me dejó parcialmente sordo, ahora solo escuchaba aquel estruendo en mis oídos, ni siquiera el ruido de la madera, ni el polvo de las vigas, ni los restos en llamas.
Corrí a las escaleras, iba saltando los escalones, salté los últimos, corrí a la entrada, aquel pitido infernal no cesaba.
Un estruendo ahogado hizo que me cayese al suelo. Un montón de astillas afiladas como dientes y tablas rígidas como el hielo estallaban por delante de una gran esfera negra que atravesaba de pared a pared la instancia.
Un humo blanco comenzó a hacerme perder la visión y aquel chillido asfixiante no dejaba de sonar en mi cabeza. Me levanté como pude, apoyándome en la pared, dándome golpes de lado a lado, tiritaba, la cabeza me daba vueltas, perdía la vista, cerré los ojos y lo último que vi fue otra esfera negra escupida por una mecha de cañón.
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