Entrada de registro número 6.
Categoría: caminando con los esqueletos.
Sacaron de un tirón mi cabeza de aquel cubo de agua sucia. Por un momento imaginé qué...en fin, da igual.
Aquel siervo de la muerte, pues no podía describirse otra forma me empujó y me estampó contra el suelo de aquella mazmorra. Caí sobre una rata muerta, el hedor de por sí ya era insoportable. Me costaba respirar, tenía los pulmones llenos de agua, agua contaminada, agua obligada a respirar para no morir.
Los grilletes provocaban rozaduras en mis muñecas, dolor, pasividad ante la impotencia de no poder hacer nada. Observé como se iba aquel guardia cerrando intentando cerrar aquella verja oxidada y mugrienta con una llave de las mismas características. Se la colocó en el cinturón una vez cerrada aquella habitación similar a una tumba y escupió al interior.
En medio de aquella sala una columna redonda, como aquellas de la harmoniosa época griega, pero a la inversa.Una columna negra, lisa, fragmentada, uno de los pilares de la muerte. Varios grilletes seguían colgados en manos de algunos compañeros esqueléticos. Sus huesos relucían cuando algún rayo de luna se colaba entre la ventana enrejada del techo de aquella cámara desoladora. Las ratas corrían por la fría piedra que formaba el suelo, salpicando en los charcos de lodo que pisaban.
Por primera vez en mucho tiempo estaba tranquilo y algo despejado para poder pensar en aquella infestada mazmorra. Introduje las manos en el agua del cubo y bebí algo. Luego me lavé la cara y los brazos, la suciedad me dificultaba los movimientos de lo pesada que se hacía tal capa de oscuridad negra convertida en manchas, en suciedad. Me acerqué a la verja oteando a lo lejos del pasillo para ver que no había nadie.
Observé aquella cerradura desgastada por el uso, los golpes y probablemente alguna inundación. Era imposible forzarla, no tenía nada a mano. La mano. Giré a mi izquierda donde se encontraban dos esqueletos sentados con sus respectivos grilletes. Me acerqué a ellos y me arrodillé para estar a su altura. Agarré uno de esos dedos de hueso frío y tiré hacia mí sacándolo de las falanges de su mano. Volví a la cerradura e introduje el dedo en aquella ruinosa cerradura. Giré a la derecha el dedo pero se partió, sería imposible conseguir nada.
Tiré el trozo de hueso que quedaba al suelo y me senté con los dos esqueletos presos. Me senté, apoyando mi espalda contra la pared y echando un poco la cabeza, recostándome lo mejor que podía. Miré por aquella rendija del techo, la luz iluminaba mis grilletes oxidados, de color rojizo.
Aquel momento me mantuvo despierto durante el resto de la noche., observando como un lobo cuando hay luna llena, aquel simple reflejo de luz en un símbolo de represión y detención como lo eran mis grilletes.
A la mañana siguiente, el guardia de la noche anterior vino temprano. Simulé mi propio sueño. Observé como trataba incrédulamente de abrir con cuidado de no despertarme. Se acercó, y su pie se habría clavado en mi pecho de no ser porque agarré el fémur de mi compañero y lo golpeé lo más fuerte que pude contra su cabeza, en vano. Salí corriendo aprovechando su descuido. Mis pues parecían flotar, no los sentía, nunca antes corrí así, por aquel pasillo unas antorchas iluminaban la zona, esqueletos, grilletes, ratas y verjas era lo único apreciable de aquel grotesco entorno. Al fondo de aquel largo corredor había una puerta de madera que me impedía el paso a...la vida o la muerte.
Cargué contra aquella puerta cayendo al suelo y creando una brecha entre las betas de la madera, me levanté corriendo, mi corazón no tenía pulsación, era un latido constante, imparable. Una gran estaca estaba clavada en mi hombro. Me levanté como pude de aquella dolorosa caída y corrí escaleras arriba ignorando la presencia del anterior ser.. La escalera de caracol era interminable y los pasos de aquel no cesaban, era la única constancia en mi cuerpo, en mis oídos, sus pasos, aquellos pasos y aquellos gritos que al parecer nadie excepto yo los escuchaba.
Mis movimientos comenzaban a ralentizarse, mi cuerpo no podía más, desnutrido, enfermo, dolorido, seguía subiendo subiendo, me saltaba puertas, rejas, hasta que llegué a la cima. No se oían pasos, ya no quedaban peldaños enfrente mío si no el pomo de una puerta antigua y vieja, posé mis dedos sobre aquel pomo y...
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