Entrada de registro número 5.
Categoría: El reflejo del pasado.
Nos fundimos en la espesura de aquel montón de árboles, la niebla, la sangre, los gritos y los golpes cerraban nuestro paso. El frío ahora subía por mi cuerpo. La nieve volvía a los árboles, a las hojas, a las rocas, al ambiente, a mí. Intenté rodearme con los brazos para entrar un poco el calor pues mi camiseta negra estaba rasgada pero el movimiento de las cadenas y el continuo paso me lo impedía. Cruces de madera colgantes mostraban inocentes colgados sobre ellas, los clavos dejaron agujeros sobre sus manos, una mueca desgarrante de su cara mostraba su ya pasado dolor después de la muerte, desnudos, al igual que su alma. También se sucedían las constantes horas, con cabezas moradas e hinchadas como simples frutos que salen en primavera u otoño. Sus ojos, ahora de la Parca, no dejaban de mirarme, de ambos lados, escondidos tras árboles, o imponentes. Estarían muertos, pero infundían miedo, asco, dolor y, sobre todo, agonía.
Estoy seguro de que si hubiera tenido el momento de pasar a su lado y quitarme la vida lo habría hecho en aquel momento fúnebre. La muerte bailaba, celebraba allí sus fiesta. Las luces, pilas de cadáveres, su bebida, la sangre, su música, los gritos, su diversión, el miedo.
Cerré los ojos y dejé llevarme por los tirones de las cadenas de los demás, mis ojos no aguantarían una mirada más de aquel cementerio en medio de la nieve.
Unos ruidos me hicieron abrir los ojos al poco rato, un sonido difuminado pero que no se paraba, constante, incansable, un sonido de calma, de paz, de naturaleza. Abrí los ojos, una corriente azul discurría a través de aquel paraje helado. Nos acercamos.
Moví mis manos en vano intentando escaparme de aquello, intentando evitar la realidad, intentando hacer algo imposible, cambiar mi vida, evitar mi muerte, no estar atado a nada. Salí corriendo, remontando el río, pero mi camino cesó enseguida, el destino, o yo mismo quisimos tropezar, volcarnos sobre aquel agua cristalina que transparentaba las piedras del fondo.
Abrí los ojos y me limpié la cara con las mangas de mi chaqueta, me levanté y volví. Todos ellos seguían durmiendo, las cenizas de la hoguera aparecían ahora, el humo de esta se elevaba hasta tocar algunas nubes bajas que volcaban nieve blanca. La miré y me agaché para estar más cerca de ella. Situé mi cara frente a su rostro dormido. Su calor pasaba a mi cuerpo, me acerqué a su mejilla y la acaricié, toqué su pelo, le besé la mejilla. Apoyé mi cabeza sobre mi brazo y me quedé mirándola, durmiendo, soñando. Noté el calor de uno de sus besos en mi mejilla. No la podía ver, pues estaba casi dormido, pero seguro que sonreía. Seguro.
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