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Cerré el libro, Invierno Nuclear se titulaba.
Miré mi reloj de mesa, las cuatro de la mañana, sábado, el sueño no inundaba mi cuerpo, la palabra dormir hacía tiempo que me mantenía desvelado. Palpé tontamente la mesa en busca de mi móvil. Iluminé su pantalla pulsando el botón de desbloqueo. Las cuatro de la mañana ponía de nuevo en el reloj del móvil. un pequeño icono situado en el lateral izquierdo de mi objeto indicaba que tenía un mensaje. Pulsé sobre él y lo abrí inmediatamente.
"Toda la población que reciba este mensaje en forma de llamada u otra forma de mensajería ya sea instantánea o no deberá acudir el 2 de junio de 2013 a la calle central de la capital para su posterior asignación de trabajo o labor de cualquier índole que le será de obligado cumplimiento"
Llevo recibiendo mensajes así desde hace un mes, siempre el mismo, todos los días, hoy es 2 de junio, llevo evitando la realidad durante mucho tiempo, es hora de marcharse.
La situación es preocupante en todo el mundo, pero este es un lugar de los más afectados. La guerra ha estallado por tonterías e injusticias políticas. Las muertes son cuantiosas. Menos de la mitad de la población sigue en pie. Quieren que acudamos allí para militarizarnos e instruirnos o simplemente mandarnos a trabajar en alguna fábrica de armas de penosas instalaciones y repleta de enfermedades y dolor. Parece que hemos vuelto a la Edad Media solo que esta vez la Inquisición es el Estado. Si te encuentran y les caes bien tan solo clavan sus botas en tu pecho y te humillan como si prácticamente no existieras pero si les caes mal olvídate de vivir. Solo hay una forma de sobrevivir y es haciéndoles caso, matando para que durante un día más puedas ver los rayos de sol naranjas extenuados en el reflejo de tu arma.
Me levanto de la cama y abro el armario en silencio, cojo una camiseta cualquiera y me coloco la chaqueta negra que siempre va conmigo. Cojo mis zapatillas, rotas por su desgaste y miro por última vez mi habitación. Todo está iluminado tenuemente, con una vaga luz de lámpara amarilla con aires de superioridad. En mi mesa un montón de libros, hojas, bolígrafos, fotografías rotas, recuerdos perdidos con el tiempo.
Me acerco a la ventana retirando la cortina blanca, suave. El agua cubre los cristales, los hace opacos, imposibles de ver a través de ellos, tan solo veía más lluvia, creando charcos sobre el asfalto negro.
Dejo que la cortina vuelva a su respectivo lugar, envolviendo en niebla el interior de mi habitación. Abro la puerta y accedo al pasillo. Introduzco la llave y giro dos veces a la derecha para lograr descifrar aquel mecanismo.
Adiós, me voy. Nadie responde, todos estarían dormidos, de no ser porque están muertos.

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