Entrada de registro número 11.
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Dejo la luz del pasillo aunque aun no ha amanecido, me sirven aquellas luces amarillas, como luciérnagas paralizadas para llegar hasta el ascensor. Presiono el botón, se abren las puertas pero no hay plataforma. Asomo mi cabeza mirando hacia aquel oscuro hueco del ascensor. El cable en tensión que mantenía el elevador estaba roto y la plataforma en el sótano. Giré a mi derecha y abrí una puerta de plástico duro reforzado con una barra lateral roja a modo de pomo. Empujé y abrí la puerta, observando los primeros rayos de sol filtrándose por los cristales mojados entre las escaleras. Las escaleras estaban rotas, algunos peldaños caídos, otros caían en esos momentos y un estruendo eco rebotaba por las paredes de aquella escalera. Había un hueco entre la ventana y la barandilla de la escalera que tenía una repisa donde podía apoyarme. Me subí un poco los pantalones para moverme mejor, subí la valla negra que comenzaba a tener restos cobres de óxido y me colgué de ella. Al momento me solté con cuidado, una caída de dos o tres metros a un vacío oscuro fue parada por aquella cornisa en la que se apoyaban mis pies ahora. Respiré tranquilo, inspiré y salté al siguiente piso inferior. Cerré los ojos por culpa de aquel molesto sol que cada vez era mayor. Hacía días que no veía la luz solar. Me lloraron un poco los ojos por aquel efecto pero continué intentando no darle importancia. Bajé un par de escalones, cuando, varios guijarros cayeron sobre mi cuello impregnándolo de polvo de cemento. Alcé mi mirada. Un escalón temblaba, se desmoronaba por segundos como lo había hecho mi vida desde que comenzó aquello. Bajé corriendo los pocos escalones que me quedaron, de dos en dos algunos hasta que tropecé y acabé rodando el último tramo de las escaleras. Un fuerte dolor presionaba mi espalda, la caída había sido bastante peligrosa pero por suerte estaba bien, no como el resto del mundo.
Observé un gran impacto que ahora tenía forma de boquete en la pared. El sonido del viento entraba por aquella pared, ahora invisible, y el sol comenzaba a calentar aquel ambiente de soledad. Me levanté, sacudiendo los restos de baldosa y el polvo que se adhirieron a mi cuerpo y me senté en el borde del muro, con las piernas colgando como horcas, mirando aquel precioso lugar de antaño.
Busqué en mis bolsillos un pequeño objeto, una pequeña parte de mi vida guardada en un aparato electrónico. Saqué mi móvil, viejo y roto pero que aun funcionaba cuando quería. La pantalla estaba rota, pero aun podía leer todos mis recuerdos, el sonido no funcionaba, pero aun podía escuchar sus palabras, las imágenes se veían distorsionadas, pero accionaban así los recuerdos de mi mente. Miré el viejo buzón de entrada, dentro de la carpeta de mensajes. Ya no aparecía su nombre, pero conocía su número de teléfono de memoria, nunca se me olvidaría. Pulsé una vez preseleccionado uno de sus mensajes y se abrió aquel texto frío que emanaba dulzura.
Comencé a leerlo. La pantalla comenzó a blanquearse. Golpeé el teléfono suavemente para que respondiera pero era inútil. Se apagó. Un impulso de rabia canalizó hacia mi brazo intentando arrojar aquel objeto ruinoso al vacío pero un latido de mi corazón volvió a controlarme. Guardé de nuevo mi móvil en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón, como siempre. Retiré mis piernas que colgaban y me levanté. Sacudí el polvo de mi ropa, si es que ese era su nombre y miré de nuevo aquel piso. Las escaleras seguían temblando, las luces de emergencia comenzaban a extenuarse, a desaparecer como la vida, Miré hacia abajo, hacia aquel césped muerto, hacia aquellas malas hierbas, contaminadas, negras. Salté por el hueco de la pared hacia el exterior.
Llegué al suelo, rodando para amortiguar el golpe. Observé aquella piscina, ahora vacía, como yo, sin pensamiento propio, sin identidad personal, el agua desapareció de allí como los sueños de mi mente.
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