Entrada de registro número 8.
Categoría: ríos rojos.
Solo yo podía decir ahora que un instrumento para matar me había salvado la vida por suerte, o tal vez por desgracia pues mi destino no era agradable o al menos eso aparentaba ser. Me acerqué hacia aquella orilla helada cubierta de una espumosa capa de nieve, ahora calmada y tranquila, suave, a veces incluso parecía ver la forma de cada uno de aquellos copos muertos. Volví a la realidad. La puerta de aquel pájaro disfrazado de una capa metálica se abría dejando paso a varios rostros cubiertos, serios, preparados para matar, decididos a morir, o tal vez simplemente carecían de alma. Avanzaban rápido, en silencio, solo se escuchaba el revolotear del helicóptero. Nada podía atravesarlos, ni la más fría de las miradas conseguiría penetrarles en aquella coraza psíquica cubierta de ideologías spray.
Arrastré mi cuerpo ayudándome con mis extremidades pues ni siquiera podía andar, dos de ellos me ayudaron a levantarme y me condujeron al helicóptero apoyado en sus hombros . Me dejaron allí, la puerta se cerró bruscamente. El graznido de aquel pájaro aumentó de nuevo para ascender. Me recosté como pude apoyando mi espalda en una de las puertas de los laterales del helicóptero tratando de recuperar algo del aire que antes por su falta casi logra matarme. Un profundo tosido proveniente del interior de mi cuello acaba de expulsar un montón de restos de agua negra, estancada, muerta y putrefacta que hace minutos me rodeaba.
Logré posarme en uno de los asientos del helicóptero, dándole la espalda a cuatro uniformados cuerpos carecientes de dolor. Una gran inspiración logró tranquilizarme y dejar atrás aquellos momentos de tensión, intentando evacuar y liberal algo imposible de eliminar.
Se abrió la puerta opuesta a mí y tendieron varias cuerdas hacia abajo. Ahora, aquellos soldados se movían deslizándose como un mono liana abajo. Llegaron al suelo y al igual que los anteriores buscaron cualquier resto de vida o de civilización para ocultarse tras ellos y utilizarlos como cobertura. El sonido de los disparos aumentaba en aquella zona, y el de los gritos, y el de la sangre, y el de dolor, y el de la desesperación, y el de la muerte. Los muertos cruzaban de lado a lado del frente junto a las balas que intermediaban entre ambos bandos. Los cargadores vacíos ocupaban un lugar en el suelo junto a pilas de cadáveres.
Miré al cielo intentando evadirme de la realidad nefastamente, varios proyectiles ardientes como meteoritos volaban por el cielo acribillando pájaros que no sangraban. Cañonazos incesantes caían por encima de mi cabeza desembocando en el frío. Un estruendo más cercano que los demás llamó mi atención. El helicóptero comenzó a zarandearse más bruscamente pero se mantenía estable dentro de lo que cabía. Se abrió una pequeña puerta situada a mi derecha. Un hombre de rostro preocupado me miraba ahora a los ojos y se movía de una lado al otro del helicóptero sin saber qué hacer. De repente paró por unos segundos y golpeó una especie de compartimento encasquetado en la parte inferior del vehículo.
-Nos han dado, póntelo, si esto sigue así tendremos que tirarnos- Me entregaba el paracaídas entre tartamudeos y una respiración agitada.
Se dirigió hacia la cabina de mando cuando giró ciento ochenta grados sobre sí mismo de nuevo volviendo a clavar su dudosos ojos en mí.
-¿Has manejado una torreta alguna vez?- Preguntó de forma seca.
Negué con la cabeza.
-¿Y un simple arma?-
Volví a negar con la cabeza.
Bajó la mirada por unos segundos, -en fin, es igual, agarra esa torreta y haz lo que puedas, rápido- Desplegó una puerta de embarque y volvió a su cabina.
Ahora podía observar desde el cielo la realidad de aquella masacre, podía ver con mis ojos la penosidad de la situación, la frustración e impotencia, la gracia del infierno. Fijé mi mirada hacia el frente, un montón de pájaros sobrevolaban el aire con sus feroces garras a manera de misiles. Obligué a mi cuerpo a sentarse en la plataforma, soporté mis pies sobre el apoyo y agarré aquella mano de la muerte por la parte trasera. Era un objeto muy pesado, apoyado sobre una especie de trípode de hierro. Coloqué con temerosidad mi pulgar de la mano derecha en un botón rojo. Aquel monstruo comenzó a dar vueltas poco a poco y a los segundos empezó a escupir balas como si de gastarlas se tratara. Intenté mover aquel objeto pero cuando lograba superar su peso se desviaba la trayectoria hacia la que lo dirigía. Observé un helicóptero a la derecha del nuestro, un poco por delante, esperé alguna señal inútil, alguna acción sin sentido, que todo fuera falso, pero no, estaba allí, medio muerto, mareado, sucio, podrido, con ganas de morir. Ahora aquel pájaro dirigía sus cañones de misiles hacia nosotros. Sin pensarlo mi pulgar se situó de nuevo en aquel botón y una descarga salió disparada sin parar hacia mi falso enemigo. Ninguna bala conseguía si quiera darle, parecía un ciego disparando un arco con las flechas quebrantadas. Apreté los dientes y moví la torreta hacia el frente consiguiendo atinar por poco aquel monstruo volador. Las balas penetraban en aquella coraza metálica. Enderecé mi mano mortífera logrando centrar mejor mi objetivo. Las manos me sudaban, el pelo me impedían ver bien, mi cuerpo pedía descansar. Apreté más fuerte y, de repente un zarandeo brusco comenzó a tambalear el pájaro enemigo. Comenzó a dar vueltas, a transportarse a la muerte, acercándose al suelo, lugar más cerca del infierno. El fuego llenó de llamas sus alas, varios estruendos y piezas se escuchaban, ya mudos, pues la muerte es silenciosa.
Dejé de escuchar nada, mis ojos quedaron paralizados, acababa de quitarle la vida a alguien, acaba de ajusticiar por mi cuenta a alguien, era él o yo, o me entregaba yo a la muerte o él me entregaría a mí a la muerte. Alguien me zarandeaba intentando moverme, no le escuchaba, no veía el peligro, vi como el piloto que me movía perdía el control de su cuerpo. Un brusco choque le empujó contra la pared y su cabeza ahora sangraba, un río emanaba de su cabeza, a través de su cuerpo, se deslizaba por su cara, recorriendo después sus brazos, su pecho, sus ojos se volvían blancos, su mirada, perdida.
Me dejé caer. Volví en sí, palpé aquella mochila de tela que llevaba a mi espalda, encontré un gancho, o al menos, eso parecía. Tiré de él hacia abajo. Comenzó a desplegarse en segundos una gran tela marrón, se desprendió de mi espalda dejándome colgando en el aire, como si de una pluma me tratara. No quería moverme de allí, o quizás simplemente desaparecer, pero nada más. Me encontraba en un cementerio de pájaros ardientes, metálicos, máquinas de muerte. En el suelo, sangre, ríos de sangre, gritos, ira, dolor.
Las llamas llovían como si de agua se tratase, los árboles ardían como si aquel fuego fueran sus hojas. Descendía poco a poco pero era infernal aquella espera ¿a la muerte?¿a la tortura?
A punto de posar mis pies en el suelo los estiré. Rodé tropezándome y perdiendo el equilibrio al caer. Retiré la tela de mi cuerpo, impidiéndome la movilidad. Me arrastré por el suelo como una rata sucia y cobarde, avancé hacia una pila de cadáveres intentando utilizarlas como cobertura. El olor era insoportable, la putrefacción infesta se palpaba y notaba en aquel ambiente agonizante. No aguantaba tanta pena, tanto dolor. Mi cuello comenzó a sufrir convulsiones, se movía, mi garganta intentaba expulsar arcadas, desahogarse por unos momentos. Me tapé la boca con la mano resistiendo aquella acción.
Los disparos se mantenían, de lado a lado, sin parar, atravesando sacos de arena, rocas, muertos, viento, nieve, polvo. Intenté orientarme, encontré aquella torre maldita al lado opuesto al que me encontraba.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario