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jueves, 23 de febrero de 2012

Entrada de registro número 11.

Entrada de registro número 11.

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Dejo la luz del pasillo aunque aun no ha amanecido, me sirven aquellas luces amarillas, como luciérnagas paralizadas para llegar hasta el ascensor. Presiono el botón, se abren las puertas pero no hay plataforma. Asomo mi cabeza mirando hacia aquel oscuro hueco del ascensor. El cable en tensión que mantenía el elevador estaba roto y la plataforma en el sótano. Giré a mi derecha y abrí una puerta de plástico duro reforzado con una barra lateral roja a modo de pomo. Empujé y abrí la puerta, observando los primeros rayos de sol filtrándose por los cristales mojados entre las escaleras. Las escaleras estaban rotas, algunos peldaños caídos, otros caían en esos momentos y un estruendo eco rebotaba por las paredes de aquella escalera. Había un hueco entre la ventana y la barandilla de la escalera que tenía una repisa donde podía apoyarme. Me subí un poco los pantalones para moverme mejor, subí la valla negra que comenzaba a tener restos cobres de óxido y me colgué de ella. Al momento me solté con cuidado, una caída de dos o tres metros a un vacío oscuro fue parada por aquella cornisa en la que se apoyaban mis pies ahora. Respiré tranquilo, inspiré y salté al siguiente piso inferior. Cerré los ojos por culpa de aquel molesto sol que cada vez era mayor. Hacía días que no veía la luz solar. Me lloraron un poco los ojos por aquel efecto pero continué intentando no darle importancia.  Bajé un par de escalones, cuando, varios guijarros cayeron sobre mi cuello impregnándolo de polvo de cemento. Alcé mi mirada. Un escalón temblaba, se desmoronaba por segundos como lo había hecho mi vida desde que comenzó aquello. Bajé corriendo los pocos escalones que me quedaron, de dos en dos algunos hasta que tropecé y acabé rodando el último tramo de las escaleras. Un fuerte dolor presionaba mi espalda, la caída había sido bastante peligrosa pero por suerte estaba bien, no como el resto del mundo.



Observé un gran impacto que ahora tenía forma de boquete en la pared. El sonido del viento entraba por aquella pared, ahora invisible, y el sol comenzaba a calentar aquel ambiente de soledad. Me levanté, sacudiendo los restos de baldosa y el polvo que se adhirieron a mi cuerpo y me senté en el borde del muro, con las piernas colgando como horcas, mirando aquel precioso lugar de antaño.

Busqué en mis bolsillos un pequeño objeto, una pequeña parte de mi vida guardada en un aparato electrónico. Saqué mi móvil, viejo y roto pero que aun funcionaba cuando quería. La pantalla estaba rota, pero aun podía leer todos mis recuerdos, el sonido no funcionaba, pero aun podía escuchar sus palabras, las imágenes se veían distorsionadas, pero accionaban así los recuerdos de mi mente. Miré el viejo buzón de entrada,  dentro de la carpeta de mensajes. Ya no aparecía su nombre, pero conocía su número de teléfono de memoria, nunca se me olvidaría. Pulsé una vez preseleccionado uno de sus mensajes y se abrió aquel texto frío que emanaba dulzura.

Comencé a leerlo. La pantalla comenzó a blanquearse. Golpeé el teléfono suavemente para que respondiera pero era inútil. Se apagó. Un impulso de rabia canalizó hacia mi brazo intentando arrojar aquel objeto ruinoso al vacío pero un latido de mi corazón volvió a controlarme. Guardé de nuevo mi móvil en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón, como siempre. Retiré mis piernas que colgaban y me levanté. Sacudí el polvo de mi ropa, si es que ese era su nombre y miré de nuevo aquel piso. Las escaleras seguían temblando, las luces de emergencia comenzaban a extenuarse, a desaparecer como la vida, Miré hacia abajo, hacia aquel césped muerto, hacia aquellas malas hierbas, contaminadas, negras. Salté por el hueco de la pared hacia el exterior.

Llegué al suelo, rodando para amortiguar el golpe. Observé aquella piscina, ahora vacía, como yo, sin pensamiento propio, sin identidad personal, el agua desapareció de allí como los sueños de mi mente.


sábado, 18 de febrero de 2012

Entrada de registro número 10.

Entrada de registro número 10.

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Cerré el libro, Invierno Nuclear se titulaba.

Miré mi reloj de mesa, las cuatro de la mañana, sábado, el sueño no inundaba mi cuerpo, la palabra dormir hacía tiempo que me mantenía desvelado. Palpé tontamente la mesa en busca de mi móvil. Iluminé su pantalla pulsando el botón de desbloqueo. Las cuatro de la mañana ponía de nuevo en el reloj del móvil. un pequeño icono situado en el lateral izquierdo de mi objeto indicaba que tenía un mensaje. Pulsé sobre él y lo abrí inmediatamente.

"Toda la población que reciba este mensaje en forma de llamada u otra forma de mensajería ya sea instantánea o no deberá acudir el 2 de junio de 2013 a la calle central de la capital para su posterior asignación de trabajo o labor de cualquier índole que le será de obligado cumplimiento"

Llevo recibiendo mensajes así desde hace un mes, siempre el mismo, todos los días, hoy es 2 de junio, llevo evitando la realidad durante mucho tiempo, es hora de marcharse.

La situación es preocupante en todo el mundo, pero este es un lugar de los más afectados. La guerra ha estallado por tonterías e injusticias políticas. Las muertes son cuantiosas. Menos de la mitad de la población sigue en pie. Quieren que acudamos allí para militarizarnos e instruirnos o simplemente mandarnos a trabajar en alguna fábrica de armas de penosas instalaciones y repleta de enfermedades y dolor. Parece que hemos vuelto a la Edad Media solo que esta vez la Inquisición es el Estado. Si te encuentran y les caes bien tan solo clavan sus botas en tu pecho y te humillan como si prácticamente no  existieras pero si les caes mal olvídate de vivir. Solo hay una forma de sobrevivir y es haciéndoles caso, matando para que durante un día más puedas ver los rayos de sol naranjas extenuados en el reflejo de tu arma.

Me levanto de la cama y abro el armario en silencio, cojo una camiseta cualquiera y me coloco la chaqueta negra que siempre va conmigo. Cojo mis zapatillas, rotas por su desgaste y miro por última vez mi habitación. Todo está iluminado tenuemente, con una vaga luz de lámpara amarilla con aires de superioridad. En mi mesa un montón de libros, hojas, bolígrafos, fotografías rotas, recuerdos perdidos con el tiempo.

Me acerco a la ventana retirando la cortina blanca, suave. El agua cubre los cristales, los hace opacos, imposibles de ver a través de ellos, tan solo veía más lluvia, creando charcos sobre el asfalto negro.


Dejo que la cortina vuelva a su respectivo lugar, envolviendo en niebla el interior de mi habitación. Abro la puerta y accedo al pasillo. Introduzco la llave y giro dos veces a la derecha para lograr descifrar aquel mecanismo.

Adiós, me voy. Nadie responde, todos estarían dormidos, de no ser porque están muertos.


jueves, 16 de febrero de 2012

Entrada de registro número 9.

Entrada de registro número 9.

Categoría: jugando a la Parca.

Arrastré mi cuerpo intentando fundirme sin éxito con el suelo, con aquella superficie sólida cubierta de un líquido pegajoso, un líquido rojo, sangre. Primero movía el brazo derecho, luego el izquierdo, luego una pierna, la otra, y así repetidamente intentando evitar ningún contacto. En mi recorrido de serpiente cayó una gota de color verde oscuro de repente a escasos metros de mí, una gota esférica, perfecta, sólida, rígida. Rápidamente me pegué a unos restos de un muro que había caído pero aquella persona que tenía a mi vista no lo logró, ni si quiera logró ver su caída, ni su impacto, ni su muerte. En segundos aquella granada separó el brazo de su cuerpo, aquella fuente de sangre se incorporaba ahora a la masacre. Un grito desapareció entre los disparos ensordecedores del ambiente. Nadie le miró, ni siquiera su compañero próximo a él que tan solo notó varios clastos azotando su cuerpo.

Me acerqué a aquel cuerpo inherte, temeroso, con miedo, como un cobarde, como un niño por la noche cuando no puede dormir. Agarré su fusil temblando, mis manos chorreaban, mi frente estaba llena de sudor que ayudaba a que el polvo se adhiriera a  mi rostro.  Un grito se coló en mi mente introduciéndose por mi oído derecho, una orden de avanzar. Como un robot cuando recibe una orden, cuando un niño al que le mandan hacer unos deberes, como un esclavo al que mandan a la horca hice caso aun desconociendo qué hacía. Levanté mi rostro por un momento encima de los sacos repletos de arena que cubrían parte de mi cuerpo. Levanté aquella mano de la muerte más ligera que la anterior que poseí y dirigí sus ojos a los míos para apuntar. Retiré mi mano del gatillo a mi pantalón intentando eliminar aquel sudor frío, humano que estaba presente últimamente siempre en mí. Devolví mi mano al gatillo apoyando la parte trasera del fusil en mi pecho. Apreté el gatillo pero no salieron puntas doradas, se escuchó el sonido de un engranaje o algo similar. Mientras observaba aquello veía como algunos saltaban y avanzaban a gritos de guerra, como otros perecían en el intento, como cuerpos mutilados se arrastraban por el suelo, suplicando una clemencia inexistente. La palabra muerte pinchaba mis oídos, penetrando como un frío tempano. Ignorando lo que le sucedió a mi arma imité a mis.. imité a mis, a aquello que más odiaba, imité a mis compañeros asesinos, imité a ladrones de vidas. Otro grito se escuchó entre el barullo, alto mandaban. Todos aquellos exterminadores comenzaron a dividirse en grupos, unos subían escaleras arribas el muro, otros saqueaban los a los demonios enemigos, otros buscaban supervivientes...

Por mi parte decidí evadir aquello e intenté dirigirme a la torre. En poco tiempo me encontraba frente a aquel muro que cubría una escalera de caracol eterna, cerrojos infinitos, presos desnutridos, esqueletos vivos. Tres personas me pararon y una chica se dirigió hacia mí.

-Tú no has venido con ninguno de nosotros, ¿quién eres?- Me miraba interrogando todos mis movimientos, helándome, paralizando mis ojos, mis sentidos.

-Escapé de las mazmorras- Dije en un tono muy bajo, no podía hablar, aquellas situaciones me habían petrificado el alma dejándome inexistente, agotado, cansado, prácticamente muerto.

-Vendrás con nosotros entonces, tenemos que bajar a las mazmorras a rescatar a todo el que podamos, ¿puedes correr?-

Asentí y caminamos los cuatro hacia una de las puertas al laberinto. Me entregaron varios cargadores mientras hablaban entre ellos. Intenté colocar uno de los primeros que me dieron pero se me caían constantemente de las manos, resbalaban por mis dedos extenuados, ensangrentados. Agarré un jirón de mi camiseta ya de por sí rota y lo até al cargador logrando así sujetarlo mejor.

Se colocaron a ambos lados de la puerta mientras el otro permanecía agachado, apuntando fríamente, como si pudiera ver el interior de aquel acceso al submundo. La chica del grupo levantó un dedo, luego otro y, momentos antes de levantar el tercero...

Una explosión del interior de la torre expulsó su estallido hacia el exterior, un montón de gases negros acompañaban aquel baile de explosiones. El humo fue transformándose en blanco, varios gritos acompañados de puntas doradas salieron de aquella torre. Un filo dentado atravesó el pecho de una de las tres personas. De nuevo, otra explosión, esta vez de una granada, de un cohete artificial de la parca. Me tumbé en el suelo tapándome los oídos, silenciando como podía mi entorno. Los gritos pusieron fin a la fugaz paz anterior. Entre aquella desorientación aproveché el humo del color de la nieve para introducirme como pude en aquel largo caracol dirigiéndome directamente hacia abajo, ignorando lo demás. Peldaño a peldaño trazaba ahora mi destino, yo mismo realizaba mis acciones o alguien controlaba mi interior. Divisé los restos de madera de la puerta que hace tiempo derribé extrañamente. Pegué mi cuerpo a la pared.

Contuve la respiración y crucé aquel umbral oscuro. Una antorcha en el suelo iluminaba vagamente aquel pasillo, aquella entrada al lago del barquero. Me acerqué a aquel palo de madera ardiente y lo agarré por la parte de abajo. Me acerqué a la celda más próxima iluminando tenuemente su interior. Un cuerpo maniatado soportaba la pena del lugar, el peso del dolor, su largo pelo cubría su rostro. Retiré la antorcha inmediatamente de aquel lugar. Una voz se pegó a las rejas. Sácame de aquí emitían sus labios, ayúdame, ayúdame, te lo suplico.

Un fuerte golpe noqueó mi cuerpo arrojándome al suelo. Miré su rostro, aquellos ojos rojos insaciables de sangre y dolor, aquel maldito guardia infernal. Apuntó hacia mi pecho a la vez que una patada sacudía mi estómago. Una bala atravesó mi pecho, infectando mi alma, desintoxicando mi cuerpo. Salvándome de este sufrimiento, de este padecimiento, de cementerios sin final, de muertes victoriosas, de lluvias explosivas.
Una nueva patada golpeaba mi pecho ahora haciéndome escupir algo de sangre. Mi mente perdía su color, mi corazón perdía su repetición cuando unas manos débiles, frágiles y frías se apoderaban ahora del cuello de mi ejecutor. Estiré mi brazo, buscando por el suelo el arma, aquella mano de la muerte, aquella mano de ángeles caídos y logré encontrarla por el reflejo del fuego. La agarré por la empuñadura, posé mi dedo en el gatillo con las pocas fuerzas que mi corazón me proporcionaba y una lluvia de balas logró salvarme la vida a cambio de la suya. Me levanté apoyándome en la pared. Pasé mi brazo por mi boca, retirando el sabor asqueroso a sangre infectada que provenía de mi interior. Caí al suelo  por el mareo. Pasé mi mano por mi cabeza retirando el sudor y registré aquel cuerpo helado e inerte  que yacía en el suelo como la tierra mojada. Encontré una gran llave oxidada y algo deformada como mis sentimientos y mi estado. Me puse de rodillas como pude y liberé aquella luz de entre las rejas.

Cerré los ojos un momento, necesitaba...descansar...

Necesitaba...dormir....

Morir.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Entrada de registro número 8.

Entrada de registro número 8.

Categoría: ríos rojos.

Solo yo podía decir ahora que un instrumento para matar me había salvado la vida por suerte, o tal vez por desgracia pues mi destino no era agradable o al menos eso aparentaba ser. Me acerqué hacia aquella orilla helada cubierta de una espumosa capa de nieve, ahora calmada y tranquila, suave, a veces incluso parecía ver la forma de cada uno de aquellos copos muertos. Volví a la realidad. La puerta de aquel pájaro disfrazado de una capa metálica se abría dejando paso a varios rostros cubiertos, serios, preparados para matar, decididos a morir, o tal vez simplemente carecían de alma. Avanzaban rápido, en silencio, solo se escuchaba el revolotear del helicóptero. Nada podía atravesarlos, ni la más fría de las miradas conseguiría penetrarles en aquella coraza  psíquica cubierta de ideologías spray.

Arrastré mi cuerpo ayudándome con mis extremidades pues ni siquiera podía andar, dos de ellos me ayudaron a levantarme y me condujeron al helicóptero apoyado en sus hombros . Me dejaron allí, la puerta se cerró bruscamente. El graznido de aquel pájaro aumentó de nuevo para ascender. Me recosté como pude apoyando mi espalda en una de las puertas de los laterales del helicóptero tratando de recuperar algo del aire que antes por su falta casi logra matarme. Un profundo tosido proveniente del interior de mi cuello acaba de expulsar un montón de restos de agua negra, estancada, muerta y putrefacta que hace minutos me rodeaba.

Logré posarme en uno de los asientos del helicóptero, dándole la espalda a cuatro uniformados cuerpos carecientes de dolor. Una gran inspiración logró tranquilizarme y dejar atrás aquellos momentos de tensión, intentando evacuar y liberal algo imposible de eliminar.

Se abrió la puerta opuesta a mí y tendieron varias cuerdas hacia abajo. Ahora, aquellos soldados se movían deslizándose como un mono liana abajo. Llegaron al suelo y al igual que los anteriores buscaron cualquier resto de vida o de civilización para ocultarse tras ellos y utilizarlos como cobertura. El sonido de los disparos aumentaba en aquella zona, y el de los gritos, y el de la sangre, y el de dolor, y el de la desesperación, y el de la muerte. Los muertos cruzaban de lado a lado del frente junto a las balas que intermediaban entre ambos bandos. Los cargadores vacíos ocupaban un lugar en el suelo junto a pilas de cadáveres.

Miré al cielo intentando evadirme de la realidad nefastamente, varios proyectiles ardientes como meteoritos volaban por el cielo acribillando pájaros que no sangraban. Cañonazos incesantes caían por encima de mi cabeza desembocando en el frío. Un estruendo más cercano que los demás llamó mi atención. El helicóptero comenzó a zarandearse más bruscamente pero se mantenía estable dentro de lo que cabía. Se abrió una pequeña puerta situada a mi derecha. Un hombre de rostro preocupado me miraba ahora a los ojos y se movía de una lado al otro del helicóptero sin saber qué hacer. De repente paró por unos segundos y golpeó una especie de compartimento encasquetado en la parte inferior del vehículo.

-Nos han dado, póntelo, si esto sigue así tendremos que tirarnos- Me entregaba el paracaídas entre tartamudeos y una respiración agitada.

Se dirigió hacia la cabina de mando cuando giró ciento ochenta grados sobre sí mismo de nuevo volviendo a  clavar su dudosos ojos en mí.

-¿Has manejado una torreta alguna vez?- Preguntó de forma seca.

Negué con la cabeza.

-¿Y un simple arma?-

Volví a negar con la cabeza.

Bajó la mirada por unos segundos, -en fin, es igual, agarra esa torreta y haz lo que puedas, rápido- Desplegó una puerta de embarque y volvió a su cabina.

Ahora podía observar desde el cielo la realidad de aquella masacre, podía ver con mis ojos la penosidad de la situación, la frustración e impotencia, la gracia del infierno. Fijé mi mirada hacia el frente, un montón de pájaros sobrevolaban el aire con sus feroces garras a manera de misiles. Obligué a mi cuerpo a  sentarse en la plataforma, soporté mis pies sobre el apoyo y agarré aquella mano de la muerte por la parte trasera. Era un objeto muy pesado, apoyado sobre una especie de trípode de hierro. Coloqué con temerosidad mi pulgar de la mano derecha en un botón rojo. Aquel monstruo comenzó a dar vueltas poco a poco y a los segundos empezó a escupir balas como si de gastarlas se tratara. Intenté mover aquel objeto pero cuando lograba superar su peso se desviaba la trayectoria hacia la que lo dirigía. Observé un helicóptero a la derecha del nuestro, un poco por delante, esperé alguna señal inútil, alguna acción sin sentido, que todo fuera falso, pero no, estaba allí, medio muerto, mareado, sucio, podrido, con ganas de morir. Ahora aquel pájaro dirigía sus cañones de misiles hacia nosotros. Sin pensarlo mi pulgar se situó de nuevo en aquel botón y una descarga salió disparada sin parar hacia mi falso enemigo. Ninguna bala conseguía si quiera darle, parecía un ciego disparando un arco con las flechas quebrantadas. Apreté los dientes y moví la torreta hacia el frente consiguiendo atinar por poco aquel monstruo volador. Las balas penetraban en aquella coraza metálica. Enderecé mi mano mortífera logrando centrar mejor mi objetivo. Las manos me sudaban, el pelo me impedían ver bien, mi cuerpo pedía descansar. Apreté más fuerte y, de repente un zarandeo brusco comenzó a tambalear el pájaro enemigo. Comenzó a dar vueltas, a transportarse a la muerte, acercándose al  suelo, lugar más cerca del infierno. El fuego llenó de llamas sus alas, varios estruendos y piezas se escuchaban, ya mudos, pues la muerte es silenciosa.

Dejé de escuchar nada, mis ojos quedaron paralizados, acababa de quitarle la vida a alguien, acaba de ajusticiar por mi cuenta a alguien, era él o yo, o me entregaba yo a la muerte o él me entregaría a mí a la muerte. Alguien me zarandeaba intentando moverme, no le escuchaba, no veía el peligro, vi como el piloto que me movía perdía el control de su cuerpo. Un brusco choque le empujó contra la pared y su cabeza ahora sangraba, un río emanaba de su cabeza, a través de su cuerpo, se deslizaba por su cara, recorriendo después sus brazos, su pecho, sus ojos se volvían blancos, su mirada, perdida.

Me dejé caer. Volví en sí, palpé aquella mochila de tela que llevaba a mi espalda, encontré un gancho, o al menos, eso parecía. Tiré de él hacia abajo. Comenzó a desplegarse en segundos una gran tela marrón, se desprendió de mi espalda dejándome colgando en el aire, como si de una pluma me tratara. No quería moverme de allí, o quizás simplemente desaparecer, pero nada más. Me encontraba en un cementerio de pájaros ardientes, metálicos, máquinas de muerte. En el suelo, sangre, ríos de sangre, gritos, ira, dolor.

Las llamas llovían como si de agua se tratase, los árboles ardían como si aquel fuego fueran sus hojas. Descendía poco a poco pero era infernal aquella espera ¿a la muerte?¿a la tortura?

A punto de posar mis pies en el suelo los estiré. Rodé tropezándome y perdiendo el equilibrio al caer. Retiré la tela de mi cuerpo, impidiéndome la movilidad. Me arrastré por el suelo como una rata sucia y cobarde, avancé hacia una pila de cadáveres intentando utilizarlas como cobertura. El olor era insoportable, la putrefacción infesta se palpaba y notaba en aquel ambiente agonizante. No aguantaba tanta pena, tanto dolor. Mi cuello comenzó a sufrir convulsiones, se movía, mi garganta intentaba expulsar arcadas, desahogarse por unos momentos. Me tapé la boca con la mano resistiendo aquella acción.

Los disparos se mantenían, de lado a lado, sin parar, atravesando sacos de arena, rocas, muertos, viento, nieve, polvo. Intenté orientarme, encontré aquella torre maldita al lado opuesto al que me encontraba.


domingo, 12 de febrero de 2012

Entrada de registro número 7.

Entrada de registro número 7.

Categoría: Alas metálicas.

La puerta produjo un chirrido casi sordo, pero ella lo escuchó. Evité mirarla, observé aquella habitación, aparte de la puerta por que entré solo había una escalera de acceso metálica y oxidada que llevaba hacia  el tejado supongo. Avancé hacia la escalera manteniendo mis ojos en el suelo, observando mi calzado, o lo que quedaba de él.

Me agarró por la espalda y la besé. ¿Pero qué?¿por qué coño hacia eso? No sabía de ella, solo que no era nada buena, lo más extraño fue que ella me siguió, me besó. Bajó a mi cuello y noté su cálido aliento que ahora  producía excitación en mi cuerpo. Comenzó a darme pequeños besos, muy rápidos, sin parar, me mordía. Yo hice lo mismo, bajé a su cuello retirando su pelo, le di pequeños besos por el cuello, subí a su boca, jugué con tu lengua. Mordí su lóbulo de la oreja izquierda y un pequeño gemido me produjo aun más excitación, la empujé contra la pared, apretando mi cuerpo con el suyo mientras levantaba su pierna y ella me rodeaba.

Volví a abrir los ojos, seguía subiendo aquella escalera hacia un final que aun no veía. Lo único que había cambiado era mi idea sobre ella, quería bajar, lo necesitaba, como quien necesita respirar, pero no podía, no, imposible. Ella seguro que ha matado a miles de personas, a mi familia, a mis amigos, ella tiene algo que ver, ¿por qué si no iba a estar allí? pero ¿por qué apareció allí en ese momento?¿por qué ahora?

Un puñetazo rompía el cristal de la vidriera que me impedía la salida al exterior. Mi mano estaba llena de cristales tintados, sangraba por algunos recovecos, me dolía, pero no pensaba en ello, ni si quiera en como evitar morir allí, en como escapar de aquel cementerio, pues solo llevaba a la muerte, solo pensaba en aquella fantasía que hace momentos me ha hecho olvidar.

Ascendí a la torre. El tejado era rojo, o al menos antes, ahora todo era negro, todo era muerte, al menos para mí. Me senté por un momento dejando mis piernas colgando del vacío y observé aquel paraje, agonizante, pedía a gritos que lo mataran para no sufrir más, frío y calor se juntaban, hielo y desolación iban de la mano por el pasillo hacia la tumba.

Un estruendo constante desde más arriba de las nubes no dejaba de sonar, quizás siempre estuve allí y no me di cuenta, quien sabe.

Supongo que solo hay una manera para terminar con este sufrimiento. Miré hacia abajo asomándome. Un nudo en el pecho envolvía mis pensamientos ahora. Salté al vació como si el aire me hubiera empujado. La presión que había sobre mí era demasiado fuerte para que ni siquiera mis ojos pudieran estar abiertos totalmente. Caía muy deprisa, descendiendo la torre por la que antes había accedido, los copos de nieve iban más despacio que yo, las nubes se mantenían en el cielo observando mi corta caída. Una gran explosión de agua saltó al caer en ella. Las burbujas heladas ascendían hacia arriba mientras mi cuerpo casi inerte no dejaba de descender. El lago era muy profundo y la visibilidad era casi nula, solo sabía hacia donde tenía que ascender. Comencé a impulsarme con lo brazos y las piernas entumecidas tan rápido como podía. El aire se extinguía de mis pulmones, el dolor de cabeza incrementaba, no veía nada, solo algo parecido a la muerte, restos de cadáveres, balas, cargadores, armas, todo menos paz.

A punto de asfixiarme, a punto de salir algo dejó enganchado mi pie. Una alga impedía mi movimiento, el aire ya no existía, la mente volvía a nublarse dentro de mí, intenté palpar aquello que impedía mi subida. Intenté morderla, era lo único afilado que tenía, mis dientes, nada, imposible. Mientras tanto una capa negra no me dejaba ver, y una nube en mi cerebro no me dejaba pensar, cada vez era mayor el sufrimiento. En el exterior escuchaba más sonido de pájaros metálicos de nuevo, pero esta vez más cerca. Empujé y empujé y por sí sola se soltó aquel grillete natural. Una punta dorada cortó el alga, una bala que podía haber atravesado mi pie, mi cara, mi cuello, mi pecho, y haberme dejado sin vida. Abrí los ojos, mi mente intentaba despejarse, mi cabeza perdía su dolor.

El aire de las alas metálicas movía el agua en círculos produciendo olas.

jueves, 9 de febrero de 2012

Entrada de registro número 6.

Entrada de registro número 6.

Categoría:  caminando con los esqueletos.

Sacaron de un tirón mi cabeza de aquel cubo de agua sucia. Por un momento imaginé qué...en fin, da igual.
Aquel siervo de la muerte, pues no podía describirse otra forma me empujó y me estampó contra el suelo de aquella mazmorra. Caí sobre una rata muerta, el hedor de por sí ya era insoportable. Me costaba respirar, tenía los pulmones llenos de agua, agua contaminada, agua obligada a respirar para no morir.

Los grilletes provocaban rozaduras en mis muñecas, dolor, pasividad ante la impotencia de no poder hacer nada. Observé como se iba aquel guardia cerrando intentando cerrar aquella verja oxidada y mugrienta con una llave de las mismas características. Se la colocó en el cinturón una vez cerrada aquella habitación similar a una tumba y escupió al interior.

En medio de aquella sala una columna redonda, como aquellas de la harmoniosa época griega, pero a la inversa.Una columna negra, lisa, fragmentada, uno de los pilares de la muerte. Varios grilletes seguían colgados en manos de algunos compañeros esqueléticos. Sus huesos relucían cuando algún rayo de luna se colaba entre la ventana enrejada del techo de aquella cámara desoladora. Las ratas corrían por la fría piedra que formaba el suelo, salpicando en los charcos de lodo que pisaban.

Por primera vez en mucho tiempo estaba tranquilo y algo despejado para poder pensar en aquella infestada mazmorra. Introduje las manos en el agua del cubo y bebí algo. Luego me lavé la cara y los brazos, la suciedad me dificultaba los movimientos de lo pesada que se hacía tal capa de oscuridad negra convertida en manchas, en suciedad. Me acerqué a la verja oteando a lo lejos del pasillo para ver que no había nadie.

Observé aquella cerradura desgastada por el uso, los golpes y probablemente alguna inundación. Era imposible forzarla, no tenía nada a mano. La mano. Giré a mi izquierda donde se encontraban dos esqueletos sentados con sus respectivos grilletes. Me acerqué a ellos y me arrodillé para estar a su altura. Agarré uno de esos dedos de hueso frío y tiré hacia mí sacándolo de las falanges de su mano. Volví a la cerradura e introduje el dedo en aquella ruinosa cerradura. Giré a la derecha el dedo pero se partió, sería imposible conseguir nada.

Tiré el trozo de hueso que quedaba al suelo y me senté con los dos esqueletos presos. Me senté, apoyando mi espalda contra la pared y echando un poco la cabeza, recostándome lo mejor que podía. Miré por aquella rendija del techo, la luz iluminaba mis grilletes oxidados, de color rojizo.

Aquel momento me mantuvo despierto durante el resto de la noche., observando como un lobo cuando hay luna llena, aquel simple reflejo de luz en un símbolo de represión y detención como lo eran mis grilletes.

A la mañana siguiente, el guardia de la noche anterior vino temprano. Simulé mi propio sueño. Observé como trataba incrédulamente de abrir con cuidado de no despertarme. Se acercó, y su pie se habría clavado en mi pecho de no ser porque agarré el fémur de mi compañero y lo golpeé lo más fuerte que pude contra su cabeza, en vano. Salí corriendo aprovechando su descuido. Mis pues parecían flotar, no los sentía, nunca antes corrí así, por aquel pasillo unas antorchas iluminaban la zona, esqueletos, grilletes, ratas y verjas era lo único apreciable de aquel grotesco entorno. Al fondo de aquel largo corredor había una puerta de madera que me impedía el paso a...la vida o la muerte.

Cargué contra aquella puerta cayendo al suelo y creando una brecha entre las betas de la madera, me levanté corriendo, mi corazón no tenía pulsación, era un latido constante, imparable. Una gran estaca estaba clavada en mi hombro. Me levanté como pude de aquella dolorosa caída y corrí escaleras arriba ignorando la presencia del anterior ser.. La escalera de caracol era interminable y los pasos de aquel no cesaban, era la única constancia en mi cuerpo, en mis oídos, sus pasos, aquellos pasos y aquellos gritos que al parecer nadie excepto yo los escuchaba.

Mis movimientos comenzaban a ralentizarse, mi cuerpo no podía más, desnutrido, enfermo, dolorido, seguía subiendo subiendo, me saltaba puertas, rejas, hasta que llegué a la cima. No se oían pasos, ya no quedaban peldaños enfrente mío si no el pomo de una puerta antigua y vieja, posé mis dedos sobre aquel pomo y...

miércoles, 8 de febrero de 2012

Entrada de registro número 5.

Entrada de registro número 5.

Categoría: El reflejo del pasado.

Nos fundimos en la espesura de aquel montón de árboles, la niebla, la sangre, los gritos y los golpes cerraban nuestro paso. El frío ahora subía por mi cuerpo. La nieve volvía a los árboles, a las hojas, a las rocas, al ambiente, a mí. Intenté rodearme con los brazos para entrar un poco el calor pues mi camiseta negra estaba rasgada pero el movimiento de las cadenas y el continuo paso me lo impedía. Cruces de madera colgantes mostraban inocentes colgados sobre ellas, los clavos dejaron agujeros sobre sus manos, una mueca desgarrante de su cara mostraba su ya pasado dolor después de la muerte, desnudos, al igual que su alma. También se sucedían las constantes horas, con cabezas moradas e hinchadas como simples frutos que salen en primavera u otoño. Sus ojos, ahora de la Parca, no dejaban de mirarme, de ambos lados, escondidos tras árboles, o imponentes. Estarían muertos, pero infundían miedo, asco, dolor y, sobre todo, agonía.

Estoy seguro de que si hubiera tenido el momento de pasar a su lado y quitarme la vida lo habría hecho en aquel momento fúnebre. La muerte bailaba, celebraba allí sus fiesta. Las luces, pilas de cadáveres, su bebida, la sangre, su música, los gritos, su diversión, el miedo.

Cerré los ojos y dejé llevarme por los tirones de las cadenas de los demás, mis ojos no aguantarían una mirada más de aquel cementerio en medio de la nieve.

Unos ruidos me hicieron abrir los ojos al poco rato, un sonido difuminado pero que no se paraba, constante, incansable, un sonido de calma, de paz, de naturaleza. Abrí los ojos, una corriente azul discurría a través de aquel paraje helado. Nos acercamos.

Moví mis manos en vano intentando escaparme de aquello, intentando evitar la realidad, intentando hacer algo imposible, cambiar mi vida, evitar mi muerte, no estar atado a nada. Salí corriendo, remontando el río, pero mi camino cesó enseguida, el destino, o yo mismo quisimos tropezar, volcarnos sobre aquel agua cristalina que transparentaba las piedras del fondo.

Abrí los ojos y me limpié la cara con las mangas de mi chaqueta, me levanté y volví. Todos ellos seguían durmiendo, las cenizas de la hoguera aparecían ahora, el humo de esta se elevaba hasta tocar algunas nubes bajas que volcaban nieve blanca. La miré y me agaché para estar más cerca de ella. Situé mi cara frente a su rostro dormido. Su calor pasaba a mi cuerpo, me acerqué a su mejilla y la acaricié, toqué su pelo, le besé la mejilla. Apoyé mi cabeza sobre mi brazo y me quedé mirándola, durmiendo, soñando. Noté el calor de uno de sus besos en mi mejilla. No la podía ver, pues estaba casi dormido, pero seguro que sonreía. Seguro.

martes, 7 de febrero de 2012

Entrada de registro número 4.

Entrada de registro número 4.

Categoría: Camino sumiso.

-!Vamos vamos joder, se nos va a ir, necesitamos un puñetero médico, hay que sacarlo de aquí!

Escuchaba entre zumbidos. Una fuerza me arrastraba hacia arriba. Abrí un poco los ojos, con las pocas fuerzas que tenía. Dos personas me transportaban subiendo aquellas escaleras por las que antes casi precipito. Me volvieron a dejar en el suelo con poco cuidado. Lo único que podía ver era polvo y lluvias de escombros, lo único que oía eran gritos, insultos, llantos y órdenes, lo único que sentía ahora, nada, quizás lo que más me dolía no era el cuerpo, si no pensar que le había podido ocurrir a ella.

No veía nada, volví a desmayarme.

No sé cuanto tiempo ha pasado ya, varias personas armadas hablan en un lenguaje desconocido para mí y que tampoco escucho a penas. Palpo mi pecho, una gran herida atraviesa mi vientre  como si me hubieran pretendido sacar todas las tripas y el dolor que llevo dentro. No veía nada por el ojo derecho, completamente ciego. Unas cadenas negras y sangrientas rodeaban mis manos. En el suelo, repartidos por aquel agonizante suelo de madera derruida habían varios encadenados al igual que yo. En cuanto a ella, ni rastro, ni una señal, ni una voz, ni un gesto, nada.

Una patada en mi espalda me hizo gritar y levantarme. Nos levantamos todos, al menos los que teníamos algo de fuerza o simplemente ya no tenían voluntad, carecían de vida pero conservaban su cuerpo. Bajamos aquellos peldaños, ahora rojos, de un rojo oscuro, líquido, un rojo sangre, escoltados por aquellos desconocidos armados. Ahora la culata de un arma golpeaba otra espalda, por suerte no era la mía.

Salimos de aquel antro pero el exterior era aun peor que el final del infierno. El cielo seguía negro, aquella niebla no desaparecía y el fuego perpetuaba por todas partes. Nos colocaron en fila a empujones y el primero comenzó a andar. Todos, por miedo o pánico le seguimos, sumisos. A la izquierda una chica conversaba con uno de aquellos tipos. Pensé que era ella pues se encontraba muy lejos y no veía bien pero me equivocaba. Giró y me miró. Agaché rápidamente la cabeza asumiendo mi posición de inferioridad ante aquel...no sé que era aquello, no sé donde me encontraba, que hacía allí, por qué me había tocado a mí o por qué seguía con vida.

De nuevo otra culata golpeó la espalda de otro. Éste cayó al suelo, desangrándose. Aparté la vista instintivamente pero mi mente no me dejó. Ahí estaba un encadenado en el suelo, sin vida, agonizante, sucio, mugriento, infeliz, deprimente.

Pasamos por encima de él, nos obligaron, no quería, pero una patada me lo dejó claro. Crucé, bueno, cruzamos aquella vida sin cuerpo sin piedad.... Las gotas que en ese momento cayeron de mis ojos limpiaron en su recorrido una pequeña parte de mi rostro.

Miré mis zapatillas, hasta los cordones me habían quitado, antes eran negras...ahora estaban quemadas y grises, llenas de cenizas, como yo.

Seguimos caminando hasta terminar de ver aquella salida al exterior del infierno y la espesura de los árboles cada vez era mayor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Entrada de registro número 3.

Entrada de registro número 3.

Categoría: Ruidos mudos.

Ella cerró los ojos y se quedó abrazada a él, poco podía hacer yo en esos momentos para animarla. Me levanté de su lado. Di varios pasos hacia el frente descendiendo un pequeño desnivel. Una niebla negra cubría el ambiente y era muy difícil ver a unos metros. La niebla se movía de un lado a otro facilitándome o dificultándome el camino hacia donde quisiera que fuese. Poco veía más que el suelo, cenizas y algún escombro. El suelo estaba completamente negro, frío y muerto, el lugar perfecto para los huesos. Las cenizas cubrían todo cuanto veía, árboles ardiendo, rocas, hierba, tierra, mi rostro...

Ahora divisaba a escasos metros lo que parecía haber sido una casa, pero la negrura y la devastación se habían filtrado en sus muros. Me acerqué hasta lo que pareció ser una antigua puerta, ahora ya destrozada e invisible. Di mi primer paso sobre aquel suelo de madera que chirrió brevemente. Entré en aquel lugar siniestro, cubierto de negro. Cada paso o cada simple movimiento, incluso una exhalación se notaban en aquel ambiente grotesco.Unos peldaños demolidos parecían indicar la antigua existencia de un piso superior al que me encontraba. Me acerqué sin terminar de ver aquel entorno, me atraía más la oscuridad de ahí arriba.

Llegué a los pies de la escalera y posé mi pie derecho en el primer escalón, no sucedió nada. Retiré una piedra que molestaba en el tercer escalón pues el segundo ni siquiera existía ya. Seguí subiendo con cuidado, retirando vigas de madera quemadas y escombros de piedra hasta llegar arriba. Una única ventana alumbraba tenuemente aquella ruina. Retiré mi flequillo de mis ojos para poder ver un poco mejor en aquella oscuridad.

Me dirigí directamente a la ventana sin observar nada cuando comenzaron a pitarme los oídos. Un grito me dejó parcialmente sordo, ahora solo escuchaba aquel estruendo en mis oídos,  ni siquiera el ruido de la madera, ni el polvo de las vigas, ni los restos en llamas.

Corrí a las escaleras, iba saltando los escalones, salté los últimos, corrí a la entrada, aquel pitido infernal no cesaba.

Un estruendo ahogado hizo que me cayese al suelo. Un montón de astillas afiladas como dientes y tablas rígidas como el hielo estallaban por delante de una gran esfera negra que atravesaba de pared a pared la instancia.

Un humo blanco comenzó a hacerme perder la visión y aquel chillido asfixiante no dejaba de sonar en mi cabeza. Me levanté como pude, apoyándome en la pared, dándome golpes de lado a lado, tiritaba, la cabeza me daba vueltas, perdía la vista, cerré los ojos y lo último que vi fue otra esfera negra escupida por una mecha de cañón.

domingo, 29 de enero de 2012

Entrada de registro número 2.

Entrada de registro número 2.

Categoría: Desolación.

Besó mi mejilla y destapó mis ojos con sus suaves ojos. Ella era lo único que hacia que por lo menos mis ojos no estuvieran constantemente rojos, llenos de lágrimas.
Cruzó el río de un salto.

-Estás loca, vuelve, es peligroso, no, vuelve- Le decía intentando gritar pero me era imposible.

Mientras, ella corría entre risas, no percibía la realidad que nosotros veíamos. Salté el río y comencé a seguirla.

La espesura del bosque conforme avanzaba era mayor, pero la nieve disminuía y el calor aumentaba. Sus risas no dejaban de oírse, cada vez más fuertes, produciendo prácticamente un dolor de cabeza insensible. Seguía corriendo, sin mirar al frente, me golpeaba, una vez, dos, y todas las necesarias. Me caía pero me levantaba, sus risas aumentaban, cada vez más, y más. El calor incrementaba, ya no había nieve, ni frío. Comencé a quitar prendas, gorro, bufandas, guantes, cazadoras, sudaderas, dejaba todo por el suelo, me daba igual. No paraba de correr, mi corazón quería estallar y dejar de latir, pero no se lo consentía. Entre zancadas y risas vino un tremendo silencio.

Por fin volví a verla a lo lejos, me acerqué, ahora más despacio, con cuidado. Ella se encontraba sentada, apoyada en el suelo, con las manos en los ojos. Me acerqué a ella y me arrodillé para hablarle. Le acaricié la cara para intentar tranquilizarla. Estaba llorando. Me abrazó.

En ese momento fue cuando miré lo que había delante de ella. Nada, un paraje desolado, escombros, ruinas, sangre, polvo. El dolor se respiraba en el aire y al lado de ella...

Él, desangrado, muerto, sin vida, con la mirada perdida.

sábado, 28 de enero de 2012

Entrada de registro número 1.

Entrada de registro número 1.

Categoría: sin clasificar.

06:23 de la mañana y ya estoy despierto. Menuda mierda. Me levanto vagueando de lo que intenta ser una cama pero en realidad solo es un montón de paja y una manta que la disfraza. Con unos pocos pasos llego afuera, de la hoguera de ayer ya solo quedan cenizas y humo. Noto el suelo húmedo, habría llovido esta noche supongo, pero de ser así no me di cuenta de nada, demasiadas pesadillas tuve anoche. El viento me golpea como intentando dar un abrazo de dolor.

Intento observa todo mi entorno pero un dolor de cabeza muy fuerte hace que me centre en mí mismo únicamente. Voy hacia la derecha de la hoguera. El murmullo aumenta, doy unos pasos más y consigo divisar el arroyo, prácticamente congelado. Voy hacia él despacio con cuidado de no tropezar debido al mareo. Me agacho y cierro los ojos a la vez que sumerjo ambas manos en el agua. Noto su frío como un corazón roto. Las coloco en forma de cuenco y las lleno de agua. Abro los ojos y llevo mi cara a las manos para despejarme y ver si se me va un poco ese horrible dolor de cabeza. 

Ahora, más tranquilo, miro el fondo del río pero se refleja mi rostro. Aparto mi flequillo para ver mejor y me observo. Lleno de polvo, suciedad y manchas. Me doy asco a mí mismo. Con cuidado intento lavarme un poco mejor la cara y ocultar el polvo. Vuelvo a dirigir mis ojos al agua y antes de ver su reflejo sus manos tapan mis ojos.

Haydn.

Entrada de registro número 0.


Entrada de registro, número 0.

Título de la novela: Desconocido.

Lugar: Liesland

Época: Desconocido

Personaje: Desconocido

Rasgos: molesto flequillo negro, pesimista, solitario.


Nombre: Haydn